lunes, 8 de septiembre de 2008

capítulo 3:

Contando los pasos. Y las baldosas. Así andabas por la calle, así te gustaban a ti los paseos, solitarios y contados. Un pie en una baldosa, el derecho en la siguiente ¿qué los pasos tenían que ser más cortos? no importa, tú los dabas, querías que el paseo fuera perfecto. Pero nunca lo fueron, los chicles y colillas que se te pegaban a la suela, los pequeños empujones de la gente que no mira al tío que anda sin mirar, contando baldosas, las risas que te atravesaban los timpanos y q siempre creíste que eran por ti... Ni un solo paseo perfecto.

Y al recordar el último se te sonroja la mirada. Como siempre a lo tuyo, mirándote los pasos, chocaste con alguien que no te vio, al que deseaste partirle la cara y solo pudiste rozarle los labios. Un idiota que se chocó contigo por ir haciendo el tonto, por ir contando ventanas de edificios. !menuda absurdez! y le miraste con tanto odio que no te diste cuenta de q sus ojos saltaron en mil pedazos.

Apartándole con los brazos, en un amago de empujón doloroso que ninguno de los dos sintió, seguiste tu camino hacia el bar, cantando lo primero que te vino a la mente y olvidando el suceso acaecido. Y no notaste la presencia del idiota, que se kedó parado en medio de la avenida, clavando sus ojos en tu nuca, oliéndote el pecho en sus manos, y acariciéndote el pelo como buenamente podía. Siguiendo tus huellas en el asfalto.

Tú, sin saber por qué, no púdiste seguir contando, ni cantando, y eso que era lo unico que hacías. Estabas harto de que la gente te preguntara que qué pensabas en tus momentos de abstracción, y ya te resultaba demasiado embarazoso decir y repetirle a todo el mundo que tú jamás te abstraías en pensamientos vanos y superficiales o profundos y drásticos. Tú sólo cantabas. Tenías tu canción para cada momento y lugar, tarareándola hasta la saciedad y odiándola cada minuto. Pero no ahora, no pudiste, se te olvidó canción alguna y no supiste seguir caminando. Miraste atrás y jamás encontraste al idiota que te robó las canciones, pero que escondido tras una farola apagada vio tu cara de necesidad. ¡Joder!.

Siguiendo tu camino decidiste que tenías q escribir lo que te acababa de suceder y te paraste en la primera cafetería que encontraste a robar una servilleta y un boligrafo. El bar donde trabajabas aun te caía a muchas canciones de distancia y no podías esperar, a pesar de q llegarías tarde y de que necesitabas con locura el trabajo, si no, adiós vivienda. Y entonces sucedió algo. Alguien desde atrás respiraba tu aliento, a dos metros de distancia, y te diste la vuelta con un susto, como si te hubiera gritado o tirado un jarro de agua helada. Era el idiota, que por lo visto había decidido seguirte por toda la ciudad. Le preguntaste qué quería y no supo responderte, porque ni tú ni él sabías qué era eso de querer, ni si se trataba de apetecerte un helado y quererlo o de anhelar la piel de alguien y desear la necesidad de depender de ella. No lo sabíais. O al menos tú.

Se acercó. Tú te alejaste. Chocaste con la mesa. Él se acercaba. Muy despacio. Primero con las manos. Después con los labios. Te agarró con una suavidad que jamás conociste el brazo izquierdo. Después la parte derecha de tu cuello. Y tu piel se puso en guardia con miles de flechitas diminutas. Después sus labios, mientras el aire se helaba y te cortaba los pulmones. Agotando los centímetros que separaban vuestros rostros. Y, sin desearlo si quiera, te dio el beso más dulce que existía. Te besó primero en la comisura de los labios. En el cuello, pegado a la nuez. En el párpado.

Te miró a los ojos y sin decirte nada cojió un par de servilletas de papel para escribir lo que le acababa de suceder y para poder dibujarte tumbado en el césped mientras fumabas un cigarrillo. Te agarró de la mano y te sacó del bar en el que por un momento la gente se quedó paralizada, observando la situación y en el que un camarero lloró. Y no os disteis cuenta. De nada. Ni del silencio, que inundó toda la ciudad a vuestro paso.

Y así, abstraídos y mudos, decidísteis ir juntos a contar baldosas y ventanas mientras cantabais canciones al oído de la gente. Pensando que tendrías que buscar otro trabajo y que te importaba muy poco. Pensando que no sabías qué venía después.

Que no querías saberlo.

2 comentarios:

emigrante dijo...

baldosas blancas y baldosas negras. como si fuera un tablero de ajedrez. como si todo esto no fuera más que pura estrategia.

Álvaro Beltrán dijo...

Me gustaría que volvieras.