Hay días que pasan, sin más ni menos, días que no echas cuenta cómo han pasado las horas, días en los que duermes sin más mientras caminas y mientras te mueves como un autómata. Y hoy era un día de esos, un día de los de nada. Pero ha habido un problema: hoy la ciudad se ha llenado de negro, de oscuridad, hoy la Noche ha alcanzado al Sol, al astro Rey, lo ha secuestrado para sí y lo ha escondido para que nadie pueda verlo. Hoy se ha inundado todo del negro.
La Señora de la noche ataca con agua, con viento, con caos, desconcierto y atascos a la ciudad. Al ruido le ha nombrado Señor de la Guerra, Comandante en Jefe de su lucha por la posesión de las horas y éste ataca indiscriminadamente contra todo el mundo, con ambulancias que rompen el silencio de la noche, con bebés que lloran y maman por joder, con la rebelión y lucha encarnizada de todo los cuadrúpedos, el levantamiento de los reptiles, llegando a tomar por completo edificios, camas y pensamientos, miradas y roces.
Hoy la Señora de la Noche, de la Oscuridad, ha dado un escarmiento a todos aquellos que osaron reirse de ella y maldecirla.
Bien hallada.
miércoles, 4 de febrero de 2009
El viento que te trajo hasta mí.
Las palmeras llevan toda la mañana balanceándose al son del viento, con su ritmo, despeinándose, meciendo las miradas de los transeúntes, de los vecinos, de los mendigos que, arropados con mantas robadas, sucias, pero decentes, piden en la calle una limosna para gastar en un simple litro de vino o cerveza y un mendrugo de pan. Y es que las penas con pan son menos. Siempre.
Las ventanas azotadas por el viento intempestuoso, la ropa que baila al son del sur, dos pinzas que sujetan y llevan el ritmo para que no vuelen, mientras de fondo se oyen canciones que suenan antiguas, con ruido, a disco de vinilo de padres jóvenes, a guateques donde meterse mano, con guitarras poco precisas, un piano desafinado al sol que calienta tus manos mientras tocas...Y será domingo, manoseándo la palabra viernes, desenredando el fin de semana, ese fin de semana que te apetece estar solo en casa, fumando. Porque decides fumar y desaparecer de esta ciudad un par de minutos con cada calada, con cada bocanada de humo que te llena los pulmones de penas negras, de ruido de ciudad...Toda la noche en vela, jugando con la luna llena.
Y te levantarás con la sensación de que el día es largo y aprovechable, con el regusto amargo en la boca y en los ojos de los días que están destinados a ser días vagos, con la sensación de necesitar cientos de mantas que te aprisionen y te hundan en la cama, dando calor y confort a una cama deshabitada, vacía de sentimientos, con música de jazz, de soul, con algunos detalles de cantante y guitarra, de concierto acústico pobre de fondo, mientras tu cuerpo grita, llora y ríe por lo bien que te cuida Lisboa, por lo bien que te sientan los veinte, por cómo sientes que tu cuerpo crece en el interior de una botella llena de arena y piedrecitas, buscando besos en las sábanas de otros apátridas como tú. Pero sonríes, porque Joaquín y Joan Manuel te sonríen como dos pájaros matados de un tiro, porque dos protagonistas se asoman de una estantería, uno con una guitarra colgada, la otra con una bufanda caliente, con un título tan sugerente como Once, como Una vez, como Quizá nunca o Quizá siempre...
Quizá algún día de sol y viento vuelvan a salir las letras de cada uno de tus dedos...Y el cielo se vuelva violeta.
Las ventanas azotadas por el viento intempestuoso, la ropa que baila al son del sur, dos pinzas que sujetan y llevan el ritmo para que no vuelen, mientras de fondo se oyen canciones que suenan antiguas, con ruido, a disco de vinilo de padres jóvenes, a guateques donde meterse mano, con guitarras poco precisas, un piano desafinado al sol que calienta tus manos mientras tocas...Y será domingo, manoseándo la palabra viernes, desenredando el fin de semana, ese fin de semana que te apetece estar solo en casa, fumando. Porque decides fumar y desaparecer de esta ciudad un par de minutos con cada calada, con cada bocanada de humo que te llena los pulmones de penas negras, de ruido de ciudad...Toda la noche en vela, jugando con la luna llena.
Y te levantarás con la sensación de que el día es largo y aprovechable, con el regusto amargo en la boca y en los ojos de los días que están destinados a ser días vagos, con la sensación de necesitar cientos de mantas que te aprisionen y te hundan en la cama, dando calor y confort a una cama deshabitada, vacía de sentimientos, con música de jazz, de soul, con algunos detalles de cantante y guitarra, de concierto acústico pobre de fondo, mientras tu cuerpo grita, llora y ríe por lo bien que te cuida Lisboa, por lo bien que te sientan los veinte, por cómo sientes que tu cuerpo crece en el interior de una botella llena de arena y piedrecitas, buscando besos en las sábanas de otros apátridas como tú. Pero sonríes, porque Joaquín y Joan Manuel te sonríen como dos pájaros matados de un tiro, porque dos protagonistas se asoman de una estantería, uno con una guitarra colgada, la otra con una bufanda caliente, con un título tan sugerente como Once, como Una vez, como Quizá nunca o Quizá siempre...
Quizá algún día de sol y viento vuelvan a salir las letras de cada uno de tus dedos...Y el cielo se vuelva violeta.
lunes, 8 de septiembre de 2008
capítulo 3:
Contando los pasos. Y las baldosas. Así andabas por la calle, así te gustaban a ti los paseos, solitarios y contados. Un pie en una baldosa, el derecho en la siguiente ¿qué los pasos tenían que ser más cortos? no importa, tú los dabas, querías que el paseo fuera perfecto. Pero nunca lo fueron, los chicles y colillas que se te pegaban a la suela, los pequeños empujones de la gente que no mira al tío que anda sin mirar, contando baldosas, las risas que te atravesaban los timpanos y q siempre creíste que eran por ti... Ni un solo paseo perfecto.
Y al recordar el último se te sonroja la mirada. Como siempre a lo tuyo, mirándote los pasos, chocaste con alguien que no te vio, al que deseaste partirle la cara y solo pudiste rozarle los labios. Un idiota que se chocó contigo por ir haciendo el tonto, por ir contando ventanas de edificios. !menuda absurdez! y le miraste con tanto odio que no te diste cuenta de q sus ojos saltaron en mil pedazos.
Apartándole con los brazos, en un amago de empujón doloroso que ninguno de los dos sintió, seguiste tu camino hacia el bar, cantando lo primero que te vino a la mente y olvidando el suceso acaecido. Y no notaste la presencia del idiota, que se kedó parado en medio de la avenida, clavando sus ojos en tu nuca, oliéndote el pecho en sus manos, y acariciéndote el pelo como buenamente podía. Siguiendo tus huellas en el asfalto.
Tú, sin saber por qué, no púdiste seguir contando, ni cantando, y eso que era lo unico que hacías. Estabas harto de que la gente te preguntara que qué pensabas en tus momentos de abstracción, y ya te resultaba demasiado embarazoso decir y repetirle a todo el mundo que tú jamás te abstraías en pensamientos vanos y superficiales o profundos y drásticos. Tú sólo cantabas. Tenías tu canción para cada momento y lugar, tarareándola hasta la saciedad y odiándola cada minuto. Pero no ahora, no pudiste, se te olvidó canción alguna y no supiste seguir caminando. Miraste atrás y jamás encontraste al idiota que te robó las canciones, pero que escondido tras una farola apagada vio tu cara de necesidad. ¡Joder!.
Siguiendo tu camino decidiste que tenías q escribir lo que te acababa de suceder y te paraste en la primera cafetería que encontraste a robar una servilleta y un boligrafo. El bar donde trabajabas aun te caía a muchas canciones de distancia y no podías esperar, a pesar de q llegarías tarde y de que necesitabas con locura el trabajo, si no, adiós vivienda. Y entonces sucedió algo. Alguien desde atrás respiraba tu aliento, a dos metros de distancia, y te diste la vuelta con un susto, como si te hubiera gritado o tirado un jarro de agua helada. Era el idiota, que por lo visto había decidido seguirte por toda la ciudad. Le preguntaste qué quería y no supo responderte, porque ni tú ni él sabías qué era eso de querer, ni si se trataba de apetecerte un helado y quererlo o de anhelar la piel de alguien y desear la necesidad de depender de ella. No lo sabíais. O al menos tú.
Se acercó. Tú te alejaste. Chocaste con la mesa. Él se acercaba. Muy despacio. Primero con las manos. Después con los labios. Te agarró con una suavidad que jamás conociste el brazo izquierdo. Después la parte derecha de tu cuello. Y tu piel se puso en guardia con miles de flechitas diminutas. Después sus labios, mientras el aire se helaba y te cortaba los pulmones. Agotando los centímetros que separaban vuestros rostros. Y, sin desearlo si quiera, te dio el beso más dulce que existía. Te besó primero en la comisura de los labios. En el cuello, pegado a la nuez. En el párpado.
Te miró a los ojos y sin decirte nada cojió un par de servilletas de papel para escribir lo que le acababa de suceder y para poder dibujarte tumbado en el césped mientras fumabas un cigarrillo. Te agarró de la mano y te sacó del bar en el que por un momento la gente se quedó paralizada, observando la situación y en el que un camarero lloró. Y no os disteis cuenta. De nada. Ni del silencio, que inundó toda la ciudad a vuestro paso.
Y así, abstraídos y mudos, decidísteis ir juntos a contar baldosas y ventanas mientras cantabais canciones al oído de la gente. Pensando que tendrías que buscar otro trabajo y que te importaba muy poco. Pensando que no sabías qué venía después.
Que no querías saberlo.
Y al recordar el último se te sonroja la mirada. Como siempre a lo tuyo, mirándote los pasos, chocaste con alguien que no te vio, al que deseaste partirle la cara y solo pudiste rozarle los labios. Un idiota que se chocó contigo por ir haciendo el tonto, por ir contando ventanas de edificios. !menuda absurdez! y le miraste con tanto odio que no te diste cuenta de q sus ojos saltaron en mil pedazos.
Apartándole con los brazos, en un amago de empujón doloroso que ninguno de los dos sintió, seguiste tu camino hacia el bar, cantando lo primero que te vino a la mente y olvidando el suceso acaecido. Y no notaste la presencia del idiota, que se kedó parado en medio de la avenida, clavando sus ojos en tu nuca, oliéndote el pecho en sus manos, y acariciéndote el pelo como buenamente podía. Siguiendo tus huellas en el asfalto.
Tú, sin saber por qué, no púdiste seguir contando, ni cantando, y eso que era lo unico que hacías. Estabas harto de que la gente te preguntara que qué pensabas en tus momentos de abstracción, y ya te resultaba demasiado embarazoso decir y repetirle a todo el mundo que tú jamás te abstraías en pensamientos vanos y superficiales o profundos y drásticos. Tú sólo cantabas. Tenías tu canción para cada momento y lugar, tarareándola hasta la saciedad y odiándola cada minuto. Pero no ahora, no pudiste, se te olvidó canción alguna y no supiste seguir caminando. Miraste atrás y jamás encontraste al idiota que te robó las canciones, pero que escondido tras una farola apagada vio tu cara de necesidad. ¡Joder!.
Siguiendo tu camino decidiste que tenías q escribir lo que te acababa de suceder y te paraste en la primera cafetería que encontraste a robar una servilleta y un boligrafo. El bar donde trabajabas aun te caía a muchas canciones de distancia y no podías esperar, a pesar de q llegarías tarde y de que necesitabas con locura el trabajo, si no, adiós vivienda. Y entonces sucedió algo. Alguien desde atrás respiraba tu aliento, a dos metros de distancia, y te diste la vuelta con un susto, como si te hubiera gritado o tirado un jarro de agua helada. Era el idiota, que por lo visto había decidido seguirte por toda la ciudad. Le preguntaste qué quería y no supo responderte, porque ni tú ni él sabías qué era eso de querer, ni si se trataba de apetecerte un helado y quererlo o de anhelar la piel de alguien y desear la necesidad de depender de ella. No lo sabíais. O al menos tú.
Se acercó. Tú te alejaste. Chocaste con la mesa. Él se acercaba. Muy despacio. Primero con las manos. Después con los labios. Te agarró con una suavidad que jamás conociste el brazo izquierdo. Después la parte derecha de tu cuello. Y tu piel se puso en guardia con miles de flechitas diminutas. Después sus labios, mientras el aire se helaba y te cortaba los pulmones. Agotando los centímetros que separaban vuestros rostros. Y, sin desearlo si quiera, te dio el beso más dulce que existía. Te besó primero en la comisura de los labios. En el cuello, pegado a la nuez. En el párpado.
Te miró a los ojos y sin decirte nada cojió un par de servilletas de papel para escribir lo que le acababa de suceder y para poder dibujarte tumbado en el césped mientras fumabas un cigarrillo. Te agarró de la mano y te sacó del bar en el que por un momento la gente se quedó paralizada, observando la situación y en el que un camarero lloró. Y no os disteis cuenta. De nada. Ni del silencio, que inundó toda la ciudad a vuestro paso.
Y así, abstraídos y mudos, decidísteis ir juntos a contar baldosas y ventanas mientras cantabais canciones al oído de la gente. Pensando que tendrías que buscar otro trabajo y que te importaba muy poco. Pensando que no sabías qué venía después.
Que no querías saberlo.
jueves, 14 de agosto de 2008
Capítulo 2:
Tu mente y tú. Tú y tu mente. Tu mente y tú. Siempre has sido de esas personas, desde pequeño, que les gustaba estar solo, que les gustaba la soledad y la tristeza, aquel tipo de personas que suelen ser odiosamente irritantes y vergonzosas.
De pequeño te encerrabas en tu cuarto a llorar, en el patio del colegio, en las esquinas del jardín,mientras te doraba el pelo las nubes negras, sentado, mirándote los pies y leyendo en las huellas de las hormigas. Fue en ese momento en el que empezaste a leer, a buscar consuelo en las cartas y en los lápices,dibujando amigos imaginarios con colores Alpino fuertes. Rojo. Azul. Verde. Nunca negro. Los recortabas y jugabas con ellos por toda la casa,hablando con ellos, y jugando a la vez con las hojas del jazmín, que te encantaban porque te recordaban a las sirenas. Pasaste la época de las barbies y tuviste el coraje de pedírselas a tus padres. Los pequeños ponis también eran santo de tu devoción, pero no por el hecho de ser muñecos de niñas,en absoluto, con 7 años no piensas en eso. Te encantaba sumergirlas en el agua y jugar con su pelo, no había cosa que te entretuviera más. No había cosa. Después llegaron los Action Man, pero de ellos no diremos nada salvo que te encantaba desnudarlos y verles en calzoncillos.
Después llegaron los libros. Ahí fue realmente, desde muy pequeño, donde tú te sentiste acogido por alguien, donde te sentiste integrado. Qué lástima. las aventuras que pasaste con Harry Potter, con Noah Gordon y la famila Cole, con las mujeres de los manicomios de Torcuato Luca de Tena, con tantos y tantos personajes que te hacían reir y llorar...para ti eso era tu vida...Lo piensas y se te hunde la vida en las manos. Tú que deseabas en los recreos que se acabaran a los cinco minutos de empezar... ¡Y qué cambio tán drástico! ahora que cualquiera te entra en casa...
Pero entonces tu vida era muy diferente. Una madre obsesiva por tu alimentación, por tu vida, por la de tus hermanos... Y esa era otra, tus hermanos... Ellos que prácticamente no supieron de tu existencia hasta el día de tu comunión...
Y ahora mira en lo que te has convertido, amigo. Ahora que no eres nada, que no eres ni sombra de lo que siempre deseaste, que no eres nada, ni aire ni tierra... Te faltaron agallas para cojer la vida por las manos y decirle ¡basta! y seguir tu camino como tú querías, no como el resto te dijo... Por tu cabeza pasaron tantas ideas tantas veces, tantos hechos a punto de cumplir, por falta de un último momento de inspiración, y que las valerianas no te hacían el mínimo efecto, todo fueron conjunciones de los astros, o eso quisiste pensar, para que siguieras adelante como todos...
Y después llegó la música...
De pequeño te encerrabas en tu cuarto a llorar, en el patio del colegio, en las esquinas del jardín,mientras te doraba el pelo las nubes negras, sentado, mirándote los pies y leyendo en las huellas de las hormigas. Fue en ese momento en el que empezaste a leer, a buscar consuelo en las cartas y en los lápices,dibujando amigos imaginarios con colores Alpino fuertes. Rojo. Azul. Verde. Nunca negro. Los recortabas y jugabas con ellos por toda la casa,hablando con ellos, y jugando a la vez con las hojas del jazmín, que te encantaban porque te recordaban a las sirenas. Pasaste la época de las barbies y tuviste el coraje de pedírselas a tus padres. Los pequeños ponis también eran santo de tu devoción, pero no por el hecho de ser muñecos de niñas,en absoluto, con 7 años no piensas en eso. Te encantaba sumergirlas en el agua y jugar con su pelo, no había cosa que te entretuviera más. No había cosa. Después llegaron los Action Man, pero de ellos no diremos nada salvo que te encantaba desnudarlos y verles en calzoncillos.
Después llegaron los libros. Ahí fue realmente, desde muy pequeño, donde tú te sentiste acogido por alguien, donde te sentiste integrado. Qué lástima. las aventuras que pasaste con Harry Potter, con Noah Gordon y la famila Cole, con las mujeres de los manicomios de Torcuato Luca de Tena, con tantos y tantos personajes que te hacían reir y llorar...para ti eso era tu vida...Lo piensas y se te hunde la vida en las manos. Tú que deseabas en los recreos que se acabaran a los cinco minutos de empezar... ¡Y qué cambio tán drástico! ahora que cualquiera te entra en casa...
Pero entonces tu vida era muy diferente. Una madre obsesiva por tu alimentación, por tu vida, por la de tus hermanos... Y esa era otra, tus hermanos... Ellos que prácticamente no supieron de tu existencia hasta el día de tu comunión...
Y ahora mira en lo que te has convertido, amigo. Ahora que no eres nada, que no eres ni sombra de lo que siempre deseaste, que no eres nada, ni aire ni tierra... Te faltaron agallas para cojer la vida por las manos y decirle ¡basta! y seguir tu camino como tú querías, no como el resto te dijo... Por tu cabeza pasaron tantas ideas tantas veces, tantos hechos a punto de cumplir, por falta de un último momento de inspiración, y que las valerianas no te hacían el mínimo efecto, todo fueron conjunciones de los astros, o eso quisiste pensar, para que siguieras adelante como todos...
Y después llegó la música...
martes, 12 de agosto de 2008
En la ciudad sin estrellas o Las noches sin sueño.
Capítulo 1:
Apareces desnudo, vacío y con una herida en la frente. Tienes los ojos cargados y llenos de polvo, la cabeza embotada y llena de ruido. Te levantas y miras al suelo. Ropa y colillas, y una ducha que suena, pero no es tu casa. Preocupado, como cada vez, te levantas y te vistes sigilosamente, intentando no despertarte para no montar un espectáculo. Te pones la camisa de rayas, los pitillos negros y la rebeca que te regalaron la semana pasada. Y sales a la calle, a la mañana llena de resaca por cada esquina y te tapas el sol. Precisamente hoy tenía que empezar el buen tiempo y salir el sol, precisamente hoy, que tenías la borrachera más grande de tu vida, precisamente el día en el que no te acordabas ni de tu madre, y mucho menos de lo que te había sucedido la noche anterior, aunque sin duda nada bueno pues tenías el cuerpo dolorido, lleno de moratones y ni podías sentarte debido a una noche más bien salvaje.
Llegas a tu casa y lo primero que haces es poner la ducha en funcionamiento. Agua fría. Agua fría. Agua fría. Mierda! la bombona a vuelto a morir,y precisamente hoy joder. Te metes y cuando la cabeza se te ha encojido de lo congelada que está el agua, suena tu teléfono, martilleando tu cabeza y haciéndotela añicos y sales corriendo a cojerlo. "hola mamá. si mamá.si.si.si.si.no.te he dicho que si.que sí mamá.adiós mamá". Una vez que ya pasas de volver a la ducha porque prefieres vivir una semana más a morir modo cubito de hielo gigante, te secas y te vistes para comprar el pan. Los días de resaca siempre te apetece comer salado y pan. Mierda, es domingo. Te quedaste sin pan. Te llaman. "¿Si? Dime Alejandro. No. No creo. En casa que anoche tuve fiesta o algo parecido. ¿Con quién me fui? triunfazo pues,si lo sé me hubiera quedado en su casa...que hay un video colgado en internet? Joder. Tomamos un café y me lo cuentas. Adiós." Y ahora maldices todo lo maldecible. Un video tuyo y del chico con el que anoche te acostaste colgado en internet no puede ser bueno, seguro que no salís bailando pasodobles precisamente. Joder. Joder y joder.
¿Y ahora qué? esperar a que te cuenten lo que pasó anoche y que te enseñen el vídeo. Te cagas en todo lo cagable y un poco más y te preparas un buen filete de ternera con un sofrito de ajos y cebolla. Cocinar siempre se te dio ten bien y te relajó tanto...pero ahora ni si quiera un comedor militar te relaja los nervios que tienes.
Te vistes de nuevo, te pones guapo y sales a la calle a por ese café, agarando en la mano la rabia para lanzarsela al primer hijo de puta que se te cruce por la calle y soltarle dos hostias como dos catedrales, porque te conoces, y sabes que en cuanto hables con alguien le soltarás cualquier tipo de barbaridad, así que mejor que sea un desconocido, y por suerte, vives en un barrio a punto de mudarte lleno de yonkies aparcacoches.
Más enfadado si cabe, te montas en el autobús. Nadie te ha molestado por el camino, menuda mala pata. Una vez dentro, con una fatiga increible llegas al lugar de encuentro y con el primero con el q te cruzas es con el tío de anoche, que te mira, se ríe y viene directo a ti mirandote con cara de lascivia...Esto promete, te dices a ti mismo...
Apareces desnudo, vacío y con una herida en la frente. Tienes los ojos cargados y llenos de polvo, la cabeza embotada y llena de ruido. Te levantas y miras al suelo. Ropa y colillas, y una ducha que suena, pero no es tu casa. Preocupado, como cada vez, te levantas y te vistes sigilosamente, intentando no despertarte para no montar un espectáculo. Te pones la camisa de rayas, los pitillos negros y la rebeca que te regalaron la semana pasada. Y sales a la calle, a la mañana llena de resaca por cada esquina y te tapas el sol. Precisamente hoy tenía que empezar el buen tiempo y salir el sol, precisamente hoy, que tenías la borrachera más grande de tu vida, precisamente el día en el que no te acordabas ni de tu madre, y mucho menos de lo que te había sucedido la noche anterior, aunque sin duda nada bueno pues tenías el cuerpo dolorido, lleno de moratones y ni podías sentarte debido a una noche más bien salvaje.
Llegas a tu casa y lo primero que haces es poner la ducha en funcionamiento. Agua fría. Agua fría. Agua fría. Mierda! la bombona a vuelto a morir,y precisamente hoy joder. Te metes y cuando la cabeza se te ha encojido de lo congelada que está el agua, suena tu teléfono, martilleando tu cabeza y haciéndotela añicos y sales corriendo a cojerlo. "hola mamá. si mamá.si.si.si.si.no.te he dicho que si.que sí mamá.adiós mamá". Una vez que ya pasas de volver a la ducha porque prefieres vivir una semana más a morir modo cubito de hielo gigante, te secas y te vistes para comprar el pan. Los días de resaca siempre te apetece comer salado y pan. Mierda, es domingo. Te quedaste sin pan. Te llaman. "¿Si? Dime Alejandro. No. No creo. En casa que anoche tuve fiesta o algo parecido. ¿Con quién me fui? triunfazo pues,si lo sé me hubiera quedado en su casa...que hay un video colgado en internet? Joder. Tomamos un café y me lo cuentas. Adiós." Y ahora maldices todo lo maldecible. Un video tuyo y del chico con el que anoche te acostaste colgado en internet no puede ser bueno, seguro que no salís bailando pasodobles precisamente. Joder. Joder y joder.
¿Y ahora qué? esperar a que te cuenten lo que pasó anoche y que te enseñen el vídeo. Te cagas en todo lo cagable y un poco más y te preparas un buen filete de ternera con un sofrito de ajos y cebolla. Cocinar siempre se te dio ten bien y te relajó tanto...pero ahora ni si quiera un comedor militar te relaja los nervios que tienes.
Te vistes de nuevo, te pones guapo y sales a la calle a por ese café, agarando en la mano la rabia para lanzarsela al primer hijo de puta que se te cruce por la calle y soltarle dos hostias como dos catedrales, porque te conoces, y sabes que en cuanto hables con alguien le soltarás cualquier tipo de barbaridad, así que mejor que sea un desconocido, y por suerte, vives en un barrio a punto de mudarte lleno de yonkies aparcacoches.
Más enfadado si cabe, te montas en el autobús. Nadie te ha molestado por el camino, menuda mala pata. Una vez dentro, con una fatiga increible llegas al lugar de encuentro y con el primero con el q te cruzas es con el tío de anoche, que te mira, se ríe y viene directo a ti mirandote con cara de lascivia...Esto promete, te dices a ti mismo...
Si te dicen que caí.
Hoy fui capaz de andar, de levantarme y de mirarme al espejo, de fijarme en mi ojo detenidamente y de gritarte que te fueras a la mierda. Ayer traté de entenderte aunque nunca tuvieras razón, aunque me hicieras cojer un autobús a 400 kilometros de distancia para después hacerme esperar en la estación, sólo, fumandome el tiempo y el dinero, rabiando por dentro por perderme la noche estrellada. Y aún así no te monté un espectáculo. Uno que te merecías.
Pero ya no. Ahora ya no sé qué más decir o hacer. Tú me tienes harto. Tú consigues que mi rabia no se vuelva llanto como me pasa siempre, consigues que mi rabia salga y rompa contra el techo, poqrue tienes la cobardía metida en el pecho y no consigues enfrentarte a mí sólo. Porque un día te arrepientes, lloras y nada de eso ya servirá para recuperarme. Algún día no me verás más acurrucado y sumiso por ser tú la mano que me mece. Pero ya no.
Ahora, que ya no eres nada, que ya no me inspiras nada, simple coraje por ser quien soy, ahora dejas de darme pena, mamá.
Déjame en paz.
Pero ya no. Ahora ya no sé qué más decir o hacer. Tú me tienes harto. Tú consigues que mi rabia no se vuelva llanto como me pasa siempre, consigues que mi rabia salga y rompa contra el techo, poqrue tienes la cobardía metida en el pecho y no consigues enfrentarte a mí sólo. Porque un día te arrepientes, lloras y nada de eso ya servirá para recuperarme. Algún día no me verás más acurrucado y sumiso por ser tú la mano que me mece. Pero ya no.
Ahora, que ya no eres nada, que ya no me inspiras nada, simple coraje por ser quien soy, ahora dejas de darme pena, mamá.
Déjame en paz.
martes, 15 de abril de 2008
En esta ciudad sin estrellas.
Las horas que pasamos sentados. Las lunas que acostamos delante de vasos de cristal, dormidos, vacíos, inhertes a los pensamientos de los bebedores. Los árboles sin hojas, de ramas secas, de troncos fuertes, ásperos y vacíos, de hormigas que buscan consuelo en comida para compartir, de libros y revistas que llenan sus páginas con imágenes ilusorias, de Macondos de pacotilla. Las vidas que te cruzan los ojos, de los roces de las manos involuntarios. De las noches sin sueño.
Salir por la puerta con un portazo, con un signo de interrogación que se pregunta cuándo volverás, que te pregunta cunándo le abrirás de nuevo, dejando por respuesta unos puntos suspensivos que nada apuntan. Subes, la azotea que nunca visitas y que ni siquiera sabes que existe es el único lugar en el que quieres refugiarte, porque las estrellas no se ven desde la cama. Y abres la puerta, una puerta desvencijada, vieja, rota, sin ningún tipo de seguridad que te impida conocerla... y lo primero que buscas son las cuatro estrellas que esperas ver en una ciudad llena de nubes. Y no ves nada.
En esta ciudad sin estrellas, donde el egoismo y la felicidad andan codo con codo, donde la muerte no tiene importancia y se cree que la vida es frugal, porque sí, aquí es donde me encuentro.
Un trobellino de palabras y canciones me levanta los sesos desparramados por el suelo, me levanta la sangre incrustada en la bañera, me recompone los huesos de palabras no escritas.
Y no pasa nada. Nadie llora, nadie grita, nadie llama. Porque tantas veces que te imaginaste este momento hicieron que vivieras en una realidad inventada. Y ahora te arrepientes de muchas cosas, pues tu vida dejó de ser tuya hace muchos años, hace muchos días, hace muchos recuerdos, donde el niño gordete y bonachón era sin duda el más prometedor de la calle, de la casa, de la esquina, y donde todo lo cambió por un puñado de posibles futuros.
Y te quedaste sin nada.
Y ahora, tú, sólo frente a la pared dibujas el destino de tus manos.
Pero las lágrimas te acabaron las pinturas...
Salir por la puerta con un portazo, con un signo de interrogación que se pregunta cuándo volverás, que te pregunta cunándo le abrirás de nuevo, dejando por respuesta unos puntos suspensivos que nada apuntan. Subes, la azotea que nunca visitas y que ni siquiera sabes que existe es el único lugar en el que quieres refugiarte, porque las estrellas no se ven desde la cama. Y abres la puerta, una puerta desvencijada, vieja, rota, sin ningún tipo de seguridad que te impida conocerla... y lo primero que buscas son las cuatro estrellas que esperas ver en una ciudad llena de nubes. Y no ves nada.
En esta ciudad sin estrellas, donde el egoismo y la felicidad andan codo con codo, donde la muerte no tiene importancia y se cree que la vida es frugal, porque sí, aquí es donde me encuentro.
Un trobellino de palabras y canciones me levanta los sesos desparramados por el suelo, me levanta la sangre incrustada en la bañera, me recompone los huesos de palabras no escritas.
Y no pasa nada. Nadie llora, nadie grita, nadie llama. Porque tantas veces que te imaginaste este momento hicieron que vivieras en una realidad inventada. Y ahora te arrepientes de muchas cosas, pues tu vida dejó de ser tuya hace muchos años, hace muchos días, hace muchos recuerdos, donde el niño gordete y bonachón era sin duda el más prometedor de la calle, de la casa, de la esquina, y donde todo lo cambió por un puñado de posibles futuros.
Y te quedaste sin nada.
Y ahora, tú, sólo frente a la pared dibujas el destino de tus manos.
Pero las lágrimas te acabaron las pinturas...
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