Hoy he hecho un lavado de cara a mi blog, no tengo nada que contar, pero tenía que renovarme, buscar de nuevo la inspiración en donde menos espero. Los dibujos no son míos, ojalá, son de Alfonso Casas Moreno, un chaval que encontré por casualidad viendo dibujos y los suyos me hicieron sentir feliz.
Poco más. Mis días se vuelven aburridos y no encuentro puertas por las que escapar.
Como escribía Jack Nicholson en El Repslandor, en su máquina de escribir: "feelin' fine". Pero a la inversa y pongamos la palabra mierda. He dicho.
martes, 14 de abril de 2009
miércoles, 18 de marzo de 2009
El silencio es el fin.
Debes parar cuando encuentras la callada por respuesta. Debes parar cuando el silencio se pasea entre tú y yo, cuando el silencio rompe ventanas. Debes dejar de chillar cuando ves que me tapo los oídos, cuando cierro los ojos con fuerza esperando que al abrirlos hayas desaparecido. No debes agarrarme del brazo e intentar retenerme. No debes. No voy a salir corriendo, ni voy a pegarte. No voy a cerrar más la puerta de un portazo. Tu puerta ya no es mi puerta, tu puerta ya no da a mi calle. Cuando oyes los pasos alejándose por el pasillo y no te escuchan, es el final. Cuando has dejado de oirlos, eso es el final.
Quédate con esto, tú que no entiendes. Quédate con mi mirada, con mis ojos rotos, con la arena que traje de la calle pegada en el zapato, con mi camiseta. Con el tabaco que me fumaste, con las canciones que ya nunca jamás escucharé.
¿Y ves esta baldosa? ¿esta línea del suelo? De aquí para allá he sido tú y yo, todo aquello ha sido nuestro. Para acá lo que queda lo camino solo, sin nada más en las manos que mi propio corazón.
Ahí te quedas, compañero.
Quédate con esto, tú que no entiendes. Quédate con mi mirada, con mis ojos rotos, con la arena que traje de la calle pegada en el zapato, con mi camiseta. Con el tabaco que me fumaste, con las canciones que ya nunca jamás escucharé.
¿Y ves esta baldosa? ¿esta línea del suelo? De aquí para allá he sido tú y yo, todo aquello ha sido nuestro. Para acá lo que queda lo camino solo, sin nada más en las manos que mi propio corazón.
Ahí te quedas, compañero.
lunes, 16 de marzo de 2009
Qué bien.
Un pájaro posado en la ventana que no sabe volar, que quiere, pero no puede volar. Un pájaro que se merece un pequeño empujoncito de su madre, ese poco de confianza para que extienda sus alas y vuele. Su madre no está, así que le pegas un pequeño empujón y el pájaro, justo una milésima de segundo antes de caer, te mira y te pregunta por qué lo has matado, con ojos de corderito degollado.
Y el pájaro cae, desde un piso quince, a una velocidad de trece metros por segundo.
Cuando choca contra el suelo y se desparraman sus sesos y sus vísceras, tú te das cuenta que ya estabas muerto antes del piso número nueve.
Tú y tus sentimientos, muertos los dos, echos una pelota y lanzados a una papelera llena de pañuelos de mocos y folios a medio escribir.
Qué bien tu vida. Qué bien.
Y el pájaro cae, desde un piso quince, a una velocidad de trece metros por segundo.
Cuando choca contra el suelo y se desparraman sus sesos y sus vísceras, tú te das cuenta que ya estabas muerto antes del piso número nueve.
Tú y tus sentimientos, muertos los dos, echos una pelota y lanzados a una papelera llena de pañuelos de mocos y folios a medio escribir.
Qué bien tu vida. Qué bien.
viernes, 20 de febrero de 2009
Escombros bajo los escombros.

Una cámara de vídeo graba un verano, una playa, un niño con cubo y pala que hace un castillo de arena y lo destruye porque no le gusta, porque le ha salido deforme, débil, sin contrafuertes que resistan el oleaje, sin una fosa que se defienda del enemigo más temido, el cangrejo y el agua. Ni un mal cocodrilo que se coma los intrusos que osan destruir su fortaleza. Un castillo de arena en medio de la nada que acaba pisoteado por un ser superior en tamaño y fuerza.
A muchos kilómetros físicos, un niño destruye un muro, con un cubo y una pala, un muro de cemento, de hormigón armado de hierro y piedras. Más allá no sabe lo que hay y es eso lo que le hace seguir adelante en su tarea, lo que le anima a continuar en su ardua labor de destructor de un muro que apareció de la nada y le separó de su familia, de sus amigos de otro país, de otra cultura. Y continúa destruyendo, de a poco, pero lo intenta, con ganas, primero un poquito, luego un gran hueco que le enseña un cielo azul, con nubes blancas, con pájaros diferentes a los que se ven desde su casa, desde la sombra de una palmera.
Y se oye en el telediario, en la radio. Se lee en toda la prensa. Un niño destruye el muro que separa su vida de infante de su vida de adulto. Un muro inexistente para la mayor parte del Mundo pero más que visible para los pueblos que viven a uno y otro lado. A través de dicho muro se puede oir a la gente llorando, de felicidad quiere suponer nuestro pequeño amigo, y se crece por dentro: está cambiando el mundo, la tierra que pisa, simplemente por andar jugando con sus materiales de niño pequeño e inocente.
Pero se oye un gran estruendo y nadie dice nada, y nadie llora y nadie grita. Una bomba sepulta los escombros de otra bomba que produjo más escombros. Y nuestro pequeño amigo desaparece. Su muro desaparece. Su hueco en el muro desaparece. Su vida...¿qué decir de su vida? Pues eso, que desaparece. Para siempre.
Y solo queda el recuerdo de un niño jugando en la playa con un cubo y una pala que, grabado por una cámara de vídeo varios años atrás, produce ternura y emoción.
Nuestro niño se ha hecho mayor. Qué bien. Qué suerte.
miércoles, 4 de febrero de 2009
La noche.
Hay días que pasan, sin más ni menos, días que no echas cuenta cómo han pasado las horas, días en los que duermes sin más mientras caminas y mientras te mueves como un autómata. Y hoy era un día de esos, un día de los de nada. Pero ha habido un problema: hoy la ciudad se ha llenado de negro, de oscuridad, hoy la Noche ha alcanzado al Sol, al astro Rey, lo ha secuestrado para sí y lo ha escondido para que nadie pueda verlo. Hoy se ha inundado todo del negro.
La Señora de la noche ataca con agua, con viento, con caos, desconcierto y atascos a la ciudad. Al ruido le ha nombrado Señor de la Guerra, Comandante en Jefe de su lucha por la posesión de las horas y éste ataca indiscriminadamente contra todo el mundo, con ambulancias que rompen el silencio de la noche, con bebés que lloran y maman por joder, con la rebelión y lucha encarnizada de todo los cuadrúpedos, el levantamiento de los reptiles, llegando a tomar por completo edificios, camas y pensamientos, miradas y roces.
Hoy la Señora de la Noche, de la Oscuridad, ha dado un escarmiento a todos aquellos que osaron reirse de ella y maldecirla.
Bien hallada.
La Señora de la noche ataca con agua, con viento, con caos, desconcierto y atascos a la ciudad. Al ruido le ha nombrado Señor de la Guerra, Comandante en Jefe de su lucha por la posesión de las horas y éste ataca indiscriminadamente contra todo el mundo, con ambulancias que rompen el silencio de la noche, con bebés que lloran y maman por joder, con la rebelión y lucha encarnizada de todo los cuadrúpedos, el levantamiento de los reptiles, llegando a tomar por completo edificios, camas y pensamientos, miradas y roces.
Hoy la Señora de la Noche, de la Oscuridad, ha dado un escarmiento a todos aquellos que osaron reirse de ella y maldecirla.
Bien hallada.
El viento que te trajo hasta mí.
Las palmeras llevan toda la mañana balanceándose al son del viento, con su ritmo, despeinándose, meciendo las miradas de los transeúntes, de los vecinos, de los mendigos que, arropados con mantas robadas, sucias, pero decentes, piden en la calle una limosna para gastar en un simple litro de vino o cerveza y un mendrugo de pan. Y es que las penas con pan son menos. Siempre.
Las ventanas azotadas por el viento intempestuoso, la ropa que baila al son del sur, dos pinzas que sujetan y llevan el ritmo para que no vuelen, mientras de fondo se oyen canciones que suenan antiguas, con ruido, a disco de vinilo de padres jóvenes, a guateques donde meterse mano, con guitarras poco precisas, un piano desafinado al sol que calienta tus manos mientras tocas...Y será domingo, manoseándo la palabra viernes, desenredando el fin de semana, ese fin de semana que te apetece estar solo en casa, fumando. Porque decides fumar y desaparecer de esta ciudad un par de minutos con cada calada, con cada bocanada de humo que te llena los pulmones de penas negras, de ruido de ciudad...Toda la noche en vela, jugando con la luna llena.
Y te levantarás con la sensación de que el día es largo y aprovechable, con el regusto amargo en la boca y en los ojos de los días que están destinados a ser días vagos, con la sensación de necesitar cientos de mantas que te aprisionen y te hundan en la cama, dando calor y confort a una cama deshabitada, vacía de sentimientos, con música de jazz, de soul, con algunos detalles de cantante y guitarra, de concierto acústico pobre de fondo, mientras tu cuerpo grita, llora y ríe por lo bien que te cuida Lisboa, por lo bien que te sientan los veinte, por cómo sientes que tu cuerpo crece en el interior de una botella llena de arena y piedrecitas, buscando besos en las sábanas de otros apátridas como tú. Pero sonríes, porque Joaquín y Joan Manuel te sonríen como dos pájaros matados de un tiro, porque dos protagonistas se asoman de una estantería, uno con una guitarra colgada, la otra con una bufanda caliente, con un título tan sugerente como Once, como Una vez, como Quizá nunca o Quizá siempre...
Quizá algún día de sol y viento vuelvan a salir las letras de cada uno de tus dedos...Y el cielo se vuelva violeta.
Las ventanas azotadas por el viento intempestuoso, la ropa que baila al son del sur, dos pinzas que sujetan y llevan el ritmo para que no vuelen, mientras de fondo se oyen canciones que suenan antiguas, con ruido, a disco de vinilo de padres jóvenes, a guateques donde meterse mano, con guitarras poco precisas, un piano desafinado al sol que calienta tus manos mientras tocas...Y será domingo, manoseándo la palabra viernes, desenredando el fin de semana, ese fin de semana que te apetece estar solo en casa, fumando. Porque decides fumar y desaparecer de esta ciudad un par de minutos con cada calada, con cada bocanada de humo que te llena los pulmones de penas negras, de ruido de ciudad...Toda la noche en vela, jugando con la luna llena.
Y te levantarás con la sensación de que el día es largo y aprovechable, con el regusto amargo en la boca y en los ojos de los días que están destinados a ser días vagos, con la sensación de necesitar cientos de mantas que te aprisionen y te hundan en la cama, dando calor y confort a una cama deshabitada, vacía de sentimientos, con música de jazz, de soul, con algunos detalles de cantante y guitarra, de concierto acústico pobre de fondo, mientras tu cuerpo grita, llora y ríe por lo bien que te cuida Lisboa, por lo bien que te sientan los veinte, por cómo sientes que tu cuerpo crece en el interior de una botella llena de arena y piedrecitas, buscando besos en las sábanas de otros apátridas como tú. Pero sonríes, porque Joaquín y Joan Manuel te sonríen como dos pájaros matados de un tiro, porque dos protagonistas se asoman de una estantería, uno con una guitarra colgada, la otra con una bufanda caliente, con un título tan sugerente como Once, como Una vez, como Quizá nunca o Quizá siempre...
Quizá algún día de sol y viento vuelvan a salir las letras de cada uno de tus dedos...Y el cielo se vuelva violeta.
lunes, 8 de septiembre de 2008
capítulo 3:
Contando los pasos. Y las baldosas. Así andabas por la calle, así te gustaban a ti los paseos, solitarios y contados. Un pie en una baldosa, el derecho en la siguiente ¿qué los pasos tenían que ser más cortos? no importa, tú los dabas, querías que el paseo fuera perfecto. Pero nunca lo fueron, los chicles y colillas que se te pegaban a la suela, los pequeños empujones de la gente que no mira al tío que anda sin mirar, contando baldosas, las risas que te atravesaban los timpanos y q siempre creíste que eran por ti... Ni un solo paseo perfecto.
Y al recordar el último se te sonroja la mirada. Como siempre a lo tuyo, mirándote los pasos, chocaste con alguien que no te vio, al que deseaste partirle la cara y solo pudiste rozarle los labios. Un idiota que se chocó contigo por ir haciendo el tonto, por ir contando ventanas de edificios. !menuda absurdez! y le miraste con tanto odio que no te diste cuenta de q sus ojos saltaron en mil pedazos.
Apartándole con los brazos, en un amago de empujón doloroso que ninguno de los dos sintió, seguiste tu camino hacia el bar, cantando lo primero que te vino a la mente y olvidando el suceso acaecido. Y no notaste la presencia del idiota, que se kedó parado en medio de la avenida, clavando sus ojos en tu nuca, oliéndote el pecho en sus manos, y acariciéndote el pelo como buenamente podía. Siguiendo tus huellas en el asfalto.
Tú, sin saber por qué, no púdiste seguir contando, ni cantando, y eso que era lo unico que hacías. Estabas harto de que la gente te preguntara que qué pensabas en tus momentos de abstracción, y ya te resultaba demasiado embarazoso decir y repetirle a todo el mundo que tú jamás te abstraías en pensamientos vanos y superficiales o profundos y drásticos. Tú sólo cantabas. Tenías tu canción para cada momento y lugar, tarareándola hasta la saciedad y odiándola cada minuto. Pero no ahora, no pudiste, se te olvidó canción alguna y no supiste seguir caminando. Miraste atrás y jamás encontraste al idiota que te robó las canciones, pero que escondido tras una farola apagada vio tu cara de necesidad. ¡Joder!.
Siguiendo tu camino decidiste que tenías q escribir lo que te acababa de suceder y te paraste en la primera cafetería que encontraste a robar una servilleta y un boligrafo. El bar donde trabajabas aun te caía a muchas canciones de distancia y no podías esperar, a pesar de q llegarías tarde y de que necesitabas con locura el trabajo, si no, adiós vivienda. Y entonces sucedió algo. Alguien desde atrás respiraba tu aliento, a dos metros de distancia, y te diste la vuelta con un susto, como si te hubiera gritado o tirado un jarro de agua helada. Era el idiota, que por lo visto había decidido seguirte por toda la ciudad. Le preguntaste qué quería y no supo responderte, porque ni tú ni él sabías qué era eso de querer, ni si se trataba de apetecerte un helado y quererlo o de anhelar la piel de alguien y desear la necesidad de depender de ella. No lo sabíais. O al menos tú.
Se acercó. Tú te alejaste. Chocaste con la mesa. Él se acercaba. Muy despacio. Primero con las manos. Después con los labios. Te agarró con una suavidad que jamás conociste el brazo izquierdo. Después la parte derecha de tu cuello. Y tu piel se puso en guardia con miles de flechitas diminutas. Después sus labios, mientras el aire se helaba y te cortaba los pulmones. Agotando los centímetros que separaban vuestros rostros. Y, sin desearlo si quiera, te dio el beso más dulce que existía. Te besó primero en la comisura de los labios. En el cuello, pegado a la nuez. En el párpado.
Te miró a los ojos y sin decirte nada cojió un par de servilletas de papel para escribir lo que le acababa de suceder y para poder dibujarte tumbado en el césped mientras fumabas un cigarrillo. Te agarró de la mano y te sacó del bar en el que por un momento la gente se quedó paralizada, observando la situación y en el que un camarero lloró. Y no os disteis cuenta. De nada. Ni del silencio, que inundó toda la ciudad a vuestro paso.
Y así, abstraídos y mudos, decidísteis ir juntos a contar baldosas y ventanas mientras cantabais canciones al oído de la gente. Pensando que tendrías que buscar otro trabajo y que te importaba muy poco. Pensando que no sabías qué venía después.
Que no querías saberlo.
Y al recordar el último se te sonroja la mirada. Como siempre a lo tuyo, mirándote los pasos, chocaste con alguien que no te vio, al que deseaste partirle la cara y solo pudiste rozarle los labios. Un idiota que se chocó contigo por ir haciendo el tonto, por ir contando ventanas de edificios. !menuda absurdez! y le miraste con tanto odio que no te diste cuenta de q sus ojos saltaron en mil pedazos.
Apartándole con los brazos, en un amago de empujón doloroso que ninguno de los dos sintió, seguiste tu camino hacia el bar, cantando lo primero que te vino a la mente y olvidando el suceso acaecido. Y no notaste la presencia del idiota, que se kedó parado en medio de la avenida, clavando sus ojos en tu nuca, oliéndote el pecho en sus manos, y acariciéndote el pelo como buenamente podía. Siguiendo tus huellas en el asfalto.
Tú, sin saber por qué, no púdiste seguir contando, ni cantando, y eso que era lo unico que hacías. Estabas harto de que la gente te preguntara que qué pensabas en tus momentos de abstracción, y ya te resultaba demasiado embarazoso decir y repetirle a todo el mundo que tú jamás te abstraías en pensamientos vanos y superficiales o profundos y drásticos. Tú sólo cantabas. Tenías tu canción para cada momento y lugar, tarareándola hasta la saciedad y odiándola cada minuto. Pero no ahora, no pudiste, se te olvidó canción alguna y no supiste seguir caminando. Miraste atrás y jamás encontraste al idiota que te robó las canciones, pero que escondido tras una farola apagada vio tu cara de necesidad. ¡Joder!.
Siguiendo tu camino decidiste que tenías q escribir lo que te acababa de suceder y te paraste en la primera cafetería que encontraste a robar una servilleta y un boligrafo. El bar donde trabajabas aun te caía a muchas canciones de distancia y no podías esperar, a pesar de q llegarías tarde y de que necesitabas con locura el trabajo, si no, adiós vivienda. Y entonces sucedió algo. Alguien desde atrás respiraba tu aliento, a dos metros de distancia, y te diste la vuelta con un susto, como si te hubiera gritado o tirado un jarro de agua helada. Era el idiota, que por lo visto había decidido seguirte por toda la ciudad. Le preguntaste qué quería y no supo responderte, porque ni tú ni él sabías qué era eso de querer, ni si se trataba de apetecerte un helado y quererlo o de anhelar la piel de alguien y desear la necesidad de depender de ella. No lo sabíais. O al menos tú.
Se acercó. Tú te alejaste. Chocaste con la mesa. Él se acercaba. Muy despacio. Primero con las manos. Después con los labios. Te agarró con una suavidad que jamás conociste el brazo izquierdo. Después la parte derecha de tu cuello. Y tu piel se puso en guardia con miles de flechitas diminutas. Después sus labios, mientras el aire se helaba y te cortaba los pulmones. Agotando los centímetros que separaban vuestros rostros. Y, sin desearlo si quiera, te dio el beso más dulce que existía. Te besó primero en la comisura de los labios. En el cuello, pegado a la nuez. En el párpado.
Te miró a los ojos y sin decirte nada cojió un par de servilletas de papel para escribir lo que le acababa de suceder y para poder dibujarte tumbado en el césped mientras fumabas un cigarrillo. Te agarró de la mano y te sacó del bar en el que por un momento la gente se quedó paralizada, observando la situación y en el que un camarero lloró. Y no os disteis cuenta. De nada. Ni del silencio, que inundó toda la ciudad a vuestro paso.
Y así, abstraídos y mudos, decidísteis ir juntos a contar baldosas y ventanas mientras cantabais canciones al oído de la gente. Pensando que tendrías que buscar otro trabajo y que te importaba muy poco. Pensando que no sabías qué venía después.
Que no querías saberlo.
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