viernes, 10 de julio de 2009

La Fatalidad del no saber. - Te.

La cerveza llena de espuma que ahoga el sueño, impide la tarde y atrapa mosquitos de lana y miel; conjura el tedio y la osadía. Una máscara de madera y miedo se la bebe y revienta sus vísceras, derrotando en esta batalla al calor sofocante de tus piernas, a los millones de partículas que bullen en tu sexo húmedo incansable; insaciable; oscuro. Tus manos rompen en un baile de dedos ligeros, rápidos y frágiles, dominando el ser que se te escabulle por los pelos rizados, azabaches y densos, enmarañados en tus ganas.

Ahora se avecina lo peor, Todo Lo Malo. Tus muslos se aprietan contra el sofá de cuero rojo, tu boca y tu lengua juegan otra partida distinta a la de tus manos, besando en soledad la nada y el tiempo. Y tus dientes se retuercen sangrando tus encías y la almohada, que ahoga tu dolor enérgico e intenso, complejo de explicar, pero lento, muy muy lento, retrasando esta agonía de sal y fuego.

Y te desvaneces en el momento que explotas. Y un grito desgarrador te despierta de tu inconsciencia fatua.

Taciturna, vehemente, despesperada, no consigues encontrarte en los pedazos de tu cuerpo que han caído bajo el sofá.

Tres. Dos. Uno.

jueves, 2 de julio de 2009

X Y Z.

Este mar imantado que para mí siempre resta.
Golondrinas negras lloviendo en tu calle.
Luna de cemento y hormigón.
Espumarajos que él expulsa por su boca loca de miedo
y asume la caída de la soga por su neutral existencia.

Un corral lleno de ovejas negras
y cabritos del revés. Una monja violada por un puerco.

La espera de una guitarra sin cuerdas y una flauta sin viento.
Agita tu bandera blanca...

XYZ.

Este mar imantado que para mí siempre resta.
Golondrinas negras lloviendo en tu calle.
Luna de cemento y hormigón.
Espumarajos que él expulsa por su boca loca de miedo
y asume la caída de la soga por su neutral existencia.

Un corral lleno de ovejas negras
y cabritos del revés. Una monja violada por un puerco.

La espera de una guitarra sin cuerdas y una flauta sin viento.
Agita tu bandera blanca...

miércoles, 17 de junio de 2009

De siete días en un bolsillo.

El batallón de hormigas que se cuela por mi boca sedienta, pidiendo guerra y devorando mis papilas gustativas, ahora vacías porque te has bebido todas mis ganas, dejándome este mal sabor de boca que encuentro apoyado en mi almohada este amanecer que nunca termina de romper.

Me levantas la sábana llena de cuerpos húmedos que se ahogan en este sopor de las tres de la tarde y me lanzas contra la alfombra, derritiendo todo el néctar de mi cuerpo. Entonces me miras desde lo alto de tu balcón negándome tu trenza oscura y rota.

Ya nunca será mañana en tus ojos cerrados.

Y a pesar de todo te espero en este cuarto de baño cubierto de orquídeas malvas que te buscan bajo el agua y entre mis heridas, lamidas una y mil veces con mi lengua de perro viejo y seco.

Ven y grítame al oído, ponte frente a mi y pégame todos esos golpes que nunca me diste. Ven para desaparece para siempre, mala sombra.

jueves, 11 de junio de 2009

Con tres puntos suspensivos.

Las voces que te persiguen después de ser gritadas a la luna. La luna que te persigue injuriosa en cada esquina. Las esquinas presididas por Berenices, Rapunzels y Cenicientas desamparadas, por mujeres desalmadas de la noche. La noche que sin quererlo se acaba y se hace más pequeña, huyendo del sol y protegiendo a las estrellas, partiendo hacia otros universos.

Un espejo presidido de rosas rojas, manchadas de carmín, cayendo desde lo alto de los armarios que, cubiertos de polvo, nos descubren los secretos de la mañana.

Poco a poco te desperezas de las rejas que te impone la noche y el cansancio. Hoy ya no puedes hacer más. Mientras tanto te alimentas de recuerdos y de velas calientes, absorbiendo sin querer tu gravedad.

Te espero a los pies de la manta de hierba que cubre mi cuerpo, ahogado por la intensidad de este calvario que tú llamas vida.

A miles de lunas de aquellos otoños cubiertos de hojas y cumpleaños aparecerás vestido de rojo y cristal, impávido ante mi tierna estampa de cría de jabato moribundo.

Con dos libros en la mano y un billete de tren para ayer.

lunes, 8 de junio de 2009

La noche menguante.

Con el despertar de los relojes amanecen los ceniceros llenos de colillas, frías, secas y usadas, impregnando con su olor y sus recuerdos la habitación y mi ropa. Se balancea la hamaca al ritmo del viento y la luz, una hamaca blanca que refulge en el balcón lleno de geranios, mirando a la calle, vacía, llena de luz, mirando a las ventanas, esperando que alguien la use para beberse la tarde.

Mientras tanto tú desapareces y apareces a lo lejos. Dices que vas a llegar a la hora de comer y yo te preparo gazpacho y fruta recién comprada, recién cortada de su rama madre. Llegas tarde, siempre lo haces, igual que te vas sin despedirte, sin hacer aspavientos y yo te espero aunque sé que no me despedirás con un beso...Pero me gusta tu forma de irte, aunque nunca sepa si volverás.

Y nos fumamos la tarde esperando la noche fresca que nos arranque este calor aplastante, soporífero que nos tumba en el suelo leyendo libros robados.

La noche menguante nos acecha y nos revela el secreto de la guitarra del vecino con su rasgueo asesino que nos posee con este frenesí y esta excitación color oscuro. Y en plena explosión de nuestros orgasmos perder el conocimiento y sentir el éxtasis de las drogas.

Por favor, llévame a ver salir el sol desde todos los portales de la luna.

jueves, 7 de mayo de 2009

El Bosque.

A pesar de que siempre tienes la sensación de escribir lo mismo, de usar las mismas palabras, las mismas formas, a pesar de todo eso, hoy sientes diferente. Hoy, la Ciudad que dormita en tus brazos, mecida bajo el lento ronroneo de los árboles que nunca duermen, crea un espectáculo de luces y sonidos que parece casi mágico, con sus licántropos dormidos en cartones, desahuciados de sus cuevas y acompañados únciamente por sus cartones de vino; los duendes rojos, salvajes y borrachos, de cabeza rapada; los magos con sus pipas y hierbas mágicas; los caballeros. Y el Monstruo que habita en ese árbol, en ese armario, en ese cuerpo, ese cuerpo que se transforma y se come un par de ancianas grises, de moños oscuros, zapatillas de paño y corazas metálicas, defensoras de la paz y el orden de la ciudadela. Pero en el fondo de El Bosque, en lo más profundo y oscuro, ahí se encuentra el Caballero Solitario, siervo y cuidador de los Ojos del bosque y de los pequeños sentimientos, esos seres repudiados por la sociedad a la más completa soledad, castigados a no ver más que la noche, a no oir más que el silencio y el llanto quejumbroso de los muertos. Pero el Caballero tiene un arma, la más poderosa de todas. Es una bolsa que guarda en su interior, donde no hay nada, vacía, yerma. Y ahí esconde los sentimientos, se los lleva, los secuestra de la oscuridad, se los roba, se los come y se los guarda muy adentro, en una esquinita de su saquito, en un pliege recóndito donde los deja pelear, que se conozcan, se amen y odien. Y allí permanecerán, a salvo de todo lo ajeno, llenando su silencio de miedo y onomatopeyas.

No los busqueis, son todos míos.